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07/03/2009 - ¿CÓMO AFECTA EL PASADO AL AHORA? volver
Cuando tenía once años, mi madre volvió a trabajar en la mar. Estuvo fuera por más de nueve meses. Me solía traer regalos a su vuelta, y solía decirme cuanto me había echado de menos durante su ausencia, pero cada vez que volvía a irse, seguí estando asustado por la posibilidad de que nunca volviese a verla de vuelta. A veces, me sentía totalmente miserable, rechazado y abandonado. Si me hubiese amado más, ¿quizás nunca se hubiera ido? Quizás era culpa mía, había hecho algo malo y no lo sabía. Iba a los muelles o iba a los aeropuertos cuando tenía que coger un vuelo para embarcar en la mar, y me quedaba de pie reteniendo mis lágrimas, diciendo adiós con la mano hasta que finalmente desaparecía de mi vista.
Me llevó unos veinte años darme cuenta por qué, cada vez que iba a los muelles o llevaba a alguien al aeropuerto, me sentía tan desolado y solo. Quizás sorprendiese a mis amigos que andase merodeando con ellos todo el rato sin despegarme hasta que llegaban a la zona de embarque, intentando alargar el momento de la despedida y después girarme de espaldas rápidamente con lágrimas en mis ojos. Siempre creí que era cosa mía el emocionarme en esa situación. Pero realmente no teniá absolutamente nada que ver con ellos, por que en ese momento, era un niño pequeño llorando por su madre. Simplemente no lo sabía.

No lo sabía por que había retenido el dolor que sentí cuando niño y mi mamá se iba. Había perdido la lógica infantil que decía, ‘Se ha ido por que realmente no me ama. Si realmente no me quiere, es por que no lo merezco.’ No me di cuenta de que, increíblemente, como adulto, aún lo creía. Era incapaz de ver a mis amigos irse sin traer esos sentimientos que sentí cuando mi madre se iba.

Esta es la esencia de la ‘transferencia’, uno de los más grandes descubrimientos de Freud. Nos muestra como somos prisioneros del pasado. Además, nos muestra como la energía asociada a emociones antiguas se queda en nosotros, preparada para saltar en cualquier momento por cualquier persona que se nos cruce o alguna situación antigua que se parezca vagamente al presente.

En cualquiera de esos momentos en el aeropuerto con mis amigos, podría haberme preguntado a mi mismo simplemente cómo me siento.

‘¿Por qué estoy tan triste? ¿tiene esto realmente algo que ver con ellos?‘ No, se trata de mi. ‘¿Tiene relación real con el ahora?’ No, es algo del pasado. ‘¿Cuando me he sentido así antes?’ Cuando mi mamá se solía ir a trabajar fuera. ‘Cómo me sentía entonces?’ Solo, asustado, rechazado, no querido. Permitiéndome saber todo esto y verdaderamente sentir el dolor de esos sentimientos reprimidos, me hubiera dado una oportunidad de liberarlos y sanarlos.

Nuestra mente inconsciente sabe lo que necesitamos para sanarnos, por que sabe que nos hirió en el pasado. Quiere que admitamos sin reservas que nos sentimos mal, que averigüemos lo que de verdad nos hiere, y hacer algo al respecto. Continuamente nos da señales y oportunidades de hacerlo, pero elegimos siempre no hacerlo. Perdí la oportunidad una y otra vez de sanar ese dolor del pasado.

La transferencia afecta a todas nuestras relaciones. Pensamos que el malestar que sentimos es culpa de la persona que tenemos en frente. De hecho, esta persona es solamente el detonante que aflora ese dolor que sentimos en el pasado, en una situación parecida, con otras personas: normalmente tus padres pero no necesariamente.

Nos olvidamos de que, como niños, había muchas cosas y situaciones que no podíamos manejar. Los niños se sienten pequeños, sin fuerza y vulnerables – porque lo son. Son sensibles a las emociones de la gente que los rodea, las sienten muy a menudo – pero no las entienden. Tienen muy poca experiencia en la vida; su marco de referencia es muy pequeño. Todo lo que sucede en su mundo tiene un significado enorme, y se lo toman todo personalmente.

Mami dice, ‘¡No hagas eso!’ El niño quiere hacerlo. Cuando no puede, se enfada. Se enfada con mami. ‘Estoy enfadado’ se convierte en ‘estoy enfadado contigo’.

Aprendemos a proyectar todos nuestros sentimientos sobre otros. Estoy enfadado por que el dijo algo feo. Estoy enfadado por que no harás lo que yo quiero que hagas. Los sentimientos afloran como respuesta a alguien o algo externo a nosotros, más que como una respuesta interna a nuestro mundo siempre cambiante, una forma de sentir que pasa en nuestro interior.

Acusamos a otros de sentirnos mal cuando es algo nuestro realmente. No nos sentimos mal por culpa de otras personas. Ellos son un rango completo de experiencias internas que nunca hemos aprendido a interpretar adecuadamente o a hacernos con ellas; algo de lo que nunca hemos aprendido a responsabilizarnos.
Cada persona es capaz de sentir todos y cada uno de los sentimientos humanos, desde el gozo y el amor, hasta la ira y la envidia. Cada uno de nosotros tenemos que encontrar el camino de sentir los sentimientos sin que nos sobrepasen. Entender como nos encaminan y no ser encaminados por ellos. Cada uno de nosotros tiene que encontrar la forma de lidiar con la tristeza, con los celos, la inseguridad, el miedo, la ira, la pérdida, la soledad y la desilusión como parte de nuestra naturaleza humana, de vivir en este mundo. Las emociones no son únicas para cada individuo; aun, cada individuo, tiene que aprender a encararlas. Nos tomamos todo de manera tan personal. Aunque estas emociones son en algún sentido impersonales, las tenemos todos dentro.

Muy dentro de nosotros, en nuestra mente inconsciente, nuestra sabiduría intuitiva, sabe que es así. Nuestra mente inconsciente tiene esquemas internos que llevan todas esas emociones sin resolver a la mente consciente. Nos da la oportunidad de revivir la experiencia del dolor que sufrimos en algún momento para que la entendamos, la sanemos y la dejemos ir para siempre.

Se nos lleva continuamente a situaciones en las que estas emociones básicas y conflictos puedan ser revividos. Nos juntamos con personas que nos hacen traer al frente problemas no resueltos de manera continua. A un nivel inconsciente, elegimos las personas que sean detonantes de esas emociones que aun no hemos aprendido a manejar. De hecho, si soy una persona agresiva, atraeré a aquellos que lo son. Si soy inseguro, atraeré a aquellos que tienen miedo al compromiso. Si tengo miedo de expresar mis sentimientos, buscaré aquellos que también lo tienen. Hasta que finalmente supere mis miedos y empiece a hacer lo que haga falta y lo que necesite para superarlo.

Por supuesto, cuando estas emociones vuelven a reaparecer, si conscientemente no nos decidimos a trabajar con ellas, las volveremos a sepultar en nuestro interior de nuevo y las ignoraremos como si no existiesen. Sin más introspección consciente que antes, la mente inconsciente tiene que lidiar con ello de la única manera que sabe, haciendo que repitamos el comportamiento del pasado, y trayendo el dolor después, sin cambiar y aun sin sanar. Esta es la idea de Freud de la compulsión repetitiva.

Este ciclo puede únicamente interrumpirse con una combinación de mente consciente e inconsciente. La mente inconsciente trae emociones dolorosas a la superficie, y después la mente consciente elige entre quedarse con ellas o hacer algo. Juntas, la mente inconsciente y la consciente pueden trabajar con ello. De esta forma, las emociones son liberadas y transformadas, y durante este proceso, somos capaces de cambiar, crecer y evolucionar. Es maravilloso, realmente lo es; saber esto nos da una oportunidad de elegir.

Si no somos conscientes de que esto es lo que realmente pasa, probablemente no aprenderemos tanto como deberíamos en nuestras relaciones. Continuamente repetimos los mismos viejos roles y patrones de conducta del pasado; experimentamos el mismo dolor y los sentimientos de rechazo, que después refuerzan nuestra creencia de que no valemos para nada. Los sentimientos dolorosos disparan las mismas antiguas creencias negativas sobre nosotros mismos— de todas formas, no intentamos explorar nuestro dolor y no nos enfrentamos con nuestras creencias. Sintiéndonos mal y creyendo que no podemos ser amados hace que nos comportemos de una forma que es difícil para otros reaccionar positivamente hacia nosotros. No decimos nunca como nos sentimos, nos callamos o nos enfadamos y nos volvemos agresivos y nos decimos a nosotros mismos, ‘ya te lo dije,’ sintiéndonos peor aún.

Entonces, ¿qué alternativas hay? La alternativa es hacer una elección consciente para no repetir ciegamente el pasado y cambiar y tomar el control en nuestras experiencias presentes.
Esto significa – admitir nuestro dolor del pasado y el del presente (que puede hacernos sentir muy mal); decirle a la gente como nos sentimos (eso nos puede hacer sentir muy incómodos); retar a nuestros principios de lo que creemos que somos indignos (eso puede ser muy doloroso) y aprender a querernos (eso es un trabajo duro). Si nos hacemos responsables de nuestros sentimientos mas que simplemente mostrarlos, entonces no seremos tan vulnerables a los sentimientos de rechazo y la gente empezará a reaccionar positivamente hacia nosotros.

Si realmente queremos explorar los entresijos de nuestros sentimientos y somos capaces de expresarlos, entonces nos daremos la oportunidad de sanarlos y liberarnos del dolor del pasado.

Extraído de: http://blogintegralmente.wordpress.com/2009/03/02/comprendiendo-la-ansiedad-iii/
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