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MAESTROS DE REIKI
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CUENTOS
Lo fundamental y lo accesorio
Un hombre se perdió en el desierto. Al cabo de unos días y a punto de morir de sed, vio que una caravana se acercaba. Como pudo, llamó la atención de los viajeros, que presurosos se dirigieron hacia el necesitado. Este, con un hilo de voz apenas pudo decir:
- Aaaguaa .
- Pobre hombre, parece que quiere agua, rápido, traigan un pellejo - reclamó uno que parecía el jefe.
- Un pellejo no, por Dios - interpeló otro -, no tiene fuerzas para beber en un pellejo, ¿no se dan cuenta? Tráiganos una botella y un vaso para que pueda hacerlo cómodamente.
- Un vaso de cristal? ¿Estás loco o qué te pasa?- protestó otro de los presentes -. ¿No ves que lo cogerá con tanta ansia que puede romperlo y dañarse? ¡Tráiganos un cuenco de madera!
- Aaaaguaa... susurró el moribundo.
- Creo que ustedes se han vuelto locos- agregó un curto hombre- ¿Es que acaso no recuerdan que tenemos un vino excelente? Siempre lo reanimará más un buen vaso de vino que el agua. ¡Traigamos el vino!
- Beeebeer- imploró el sediento con sus últimas fuerzas.
- Seguro que el desierto los ha hecho perder el juicio. ¿Cómo vamos a darle vino sin saber si este hombre es musulmán? ¡Estaríamos obligándolo a cometer un gran pecado! Preguntémosle antes si es religioso- solicitó otro hombre de aspecto bondadoso.
- Pero ¿es que de verdad piensan darle de beber aquí pleno sol? Antes tenemos que ponerlo a la sombra; yo tengo ciertos conocimientos de medicina y les digo que este hombre está ardiendo de fiebre y agotado. Llevémosle a la caravana y pongámoslo en una cama - intervino otro de los presentes.
A los mercaderes no les dio tiempo a discutir más, aquel hombre acababa de fallecer en sus brazos.
La prisión del odio
Dos hombres habían compartido injusta prisión durante largo tiempo en donde recibieron todo tipo de maltratos y humillaciones. Una vez libres, volvieron a verse años después. Uno de ellos preguntó al otro:
- ¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros?
- No, gracias a Dios ya lo olvidé todo - contestó - ¿Y tú?
- Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas - respondió el otro.
Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo:
- Lo siento por ti. Si eso es así, significa que aún te tienen preso.
¿Quién se atreve a juzgar?
Ocurrió una vez que en un pueblo murió de vejez el juez. Como tardaba en llegar el sustituto y los casos se acumulaban, los ciudadanos decidieron nombrar en el puesto interino a un convecino suyo a quien todos respetaban por su sabiduría de la justicia.
Al día siguiente le llegó el momento de presidir un juicio. Empezó hablando el fiscal, que, de un modo brillante y elocuente, convenció a todos los presentes sobre la culpabilidad del reo.
¡Tiene razón el fiscal! - exclamó el improvisado juez.
- Señoría, aún debe oír al abogado - le recordó el secretario del juzgado.
- Tomó entonces la palabra el abogado, que, en brillantísima exposición, también convenció a los presentes sobre la inocencia de su defendido.
- También tiene razón el abogado - dijo el juez.
- ¡Pero señoría! - volvió a intervenir el secretario - ¡No es posible que tengan razón los dos!
- ¡El secretario tiene razón también! - Dicho lo cual, el juez dio por terminado el juicio.
Empezar por lo pequeño
Un asceta meditaba profundamente en su cueva cuando se sintió molestado por un ratoncillo que se puso a roer sus ropas.
- Márchate estúpido - dijo el ermitaño - ¿No ves que has interrumpido mi meditación?
- Es que tengo hambre - contestó el ratón.
- Llevaba más de treinta días de meditación buscando la unidad con Dios y me has hecho fracasar - se lamentó el ermitaño.
- ¿Cómo buscas la unidad con Dios si no puedes siquiera sentirte unido a mí que sólo soy un simple ratón? - respondió el roedor.
¿Forma esto parte de mí?
Cuentan que un hombre sufría con gran frecuencia ataques de ira y cólera, así que decidió un día abordar esta situación. Para ello se fue al encuentro de un viejo sabio con fama de conocer la naturaleza humana. Cuando llegó a su presencia, habló de este modo:
- Señor, quiero solicitar tu ayuda, ya que tengo fuertes arranques de ira que están haciendo mi vida muy desgraciada. Yo sé que soy así, pero también sé que puedo cambiar si Ud. Me aconseja.
- Lo que me cuentas es muy interesante - dijo el anciano. -De todas maneras, para poder tratar bien tu problema es necesario que me muestres tu ira y así pueda saber de qué naturaleza es.-
- Pero ahora no tengo ira, señor - argumentó el hombre.
- Bien- contestó el anciano, lo que tendrás que hacer en este caso es que la próxima vez que la ira te invada, has de venir lo más de prisa posible a enseñármela.
El hombre iracundo se mostró de acuerdo y regresó a su casa. Pero pocos días después se encontró de nuevo con otro ataque de cólera y marchó rapidamente a ver al anciano. Sin embargo, ocurría que el viejo habitaba en lo más alto de ua colina muy alejada, así que cuando por fin alcanzó la cima y se presentó al sabio...
- Señor, estoy aquí de nuevo como me dijiste.
Estupendo, muéstrame tu ira. Pero al pobre hombre se le había pasado la ira durante la subida.
- Es posible que no hayas venido lo suficientemente rápido. La próxima vez corre mucho más de prisa y así llegarás todavía con ira.
Pasados unos días, al hombre le asaltó otro fuerte ataque de cólera y recordando la recomendación del sabio, comenzó a correr cuesta arriba todo lo rápido que pudo. Cuando media hora después llegó completamente agotado a la casa del viejo, éste le reprendió severamente:
- Esto no puede continuar así, otra vez llegas sin ira. Creo que debes esforzarte aún más y tratar de subir la cuesta mucho más de prisa. De otro modo no voy a poder ayudarte. El hombre marchó entristecido, jurándose a sí mismo que la próxima ocasión correría con todas sus fuerzas para llegar a tiempo a demostrar su ira.
Pero no ocurrió así. Una y otra vez subía la cuesta y a cada ocasión llegaba más y más fatigado y desde luego sin un asomo de ira.
Un día llegó especialmente extenuado, el maestro, por fin,. Le dijo:
- Creo que me has engañado. Si la ira formara parte di ti, podrías enseñármela. Has subido a mi casa veinte veces y nunca has sido capáz de mostrarla. Esa ira no te pertenece. No es tuya. Te atrapa en cualquier lugar y por cualquier motivo y luego te abandona. Por tanto, la solución es fácil: la próxima vez que quiera llegar a ti, no la recojas.
La importancia de lo inmediato
Un monje errante con hambre y sed de varios días visitó un pueblo y ofreció en la plaza pública un hermoso sermón que versaba sobre las venturas de los santos en el cielo.
Finalizando el discurso, una mujer de aspecto acaudalado le preguntó:
- Todo lo que ha dicho me ha interesado mucho, pero hay algo que me preocupa. ¿Puede decirme qué es lo que comen y beben esos santos en el cielo?
- Mujer ignorante - clamó el monje, me preguntas qué comen los santos en el cielo, y no se te ocurre preguntarme qué es lo que yo como.
El León
En una ocasión, un león se aproximó hasta un lago de aguas espejadas para calmar su sed y, al acercarse a las mismas, vio su rostro reflejado en ellas y pensó: "¡Vaya!, este lago debe ser de este león. Tengo que tener mucho cuidado con él." Atemorizado se retiró de las aguas, pero tenía tanta sed que regresó a las mismas. Allí estaba otra vez el "león". ¿Qué hacer? La sed lo devoraba y no había otro lago cercano. Retrocedió. Unos minutos después volvió a intentarlo y, al ver al "león" abrió las fauces amenazadoramente, pero al comprobar que el otro "león" hacía lo mismo, sintió terror. Salió corriendo, pero ¡era tanta la sed! Lo intentó varias veces de nuevo, pero siempre huía espantado. Pero como la sed era cada vez más intensa, tomó finalmente la decisión de beber agua del lago sucediera lo que sucediese. Así lo hizo. Y al meter la cabeza en las aguas, ¡el "león" desapareció!
El Maestro dice: Muchos de nuestros temores son imaginarios. Sólo cuando los enfrentamos, desaparecen. No dejes que tu imaginación descontrolada usurpe el lugar de la realidad ni te pierdas en las creaciones y reflejos de tu propia mente.
Talante de inafectación
A menudo los discípulos del Buda eran verbalmente agredidos, cuestionados y humillados por las gentes que, aviesamente, querían herirles por falta de comprensión. El mismo Buda era a veces mal recibido en ciudades o pueblos y tenía que soportar injurias, insultos y desprecios. Era el hombre más lúcido y compasivo de su época y, sin embargo, le insultaban y menospreciaban. Cierto día un grupo de ortodoxos fanáticos llegó hasta él y comenzaron a increparlo reprochándole que no tenía ningún conocimiento válido y mofándose de sus enseñanzas. No perdió la sonrisa de los labios; no se inquietó; no reaccionó. Pero algunos de sus discípulos, ante tanta injusticia, se dispusieron a replicar; pero el Buda los calmó y les dijo:
- ¡Dejad en paz a esos discutidores. No os alteréis y mucho menos vayáis a preocuparos por mí. Sabed, mis buenos amigos, que el mundo discute conmigo, pero yo no discuto con el mundo.
El Maestro dice: Cuando el huracán sopla violenta y destructivamente, el lirio se pliega sobre la tierra y, tras el huracán, se yergue en todo su esplendor.
La enseñanza del Lama
Los Lamas proporcionan la iniciación de poder. Es como dar un toque de energía al discípulo para que su simiente de iluminación prospere. Pero de nada sirve si el discípulo no trabaja sobre sí mismo. Un grupo de novicios debatió esta cuestión con el Lama. Dijeron:
- Pero si tú nos das la iniciación, venerable Lama, ¿no basta con ello para que recorramos seguros el camino hacia nirvana?
El Lama no repuso. Guardó silencio en esa ocasión, pero dos días después entregó a cada uno de los discípulos un frasquito, herméticamente cerrado, de perfume de sándalo. Les dijo:
- Dejad ese frasquito, sin tocarlo, en vuestra celda.
Así lo hicieron los novicios. Pasaron unos días. De repente, el lama reprendió severamente a los novicios.
- ¡Insensatos! Ninguno oléis a sándalo. ¿De qué sirve que os haya entregado el más puro y aromático de los perfumes de sándalo si no lo habéis usado?
Del mismo modo, por mucha iniciación que el Lama ofrezca al aspirante, si éste no trabaja asiduamente pos su evolución interior, nunca recogerá su aroma.
El Maestro dice: Nadie puede liberarse por ti. |